Navidad y esas cosas

No soy de hacer eso de los propósitos de Año Nuevo pero ensimismada en la cocina (mientras hacía postres navideños) he hecho un pequeño balance del 2018.

Aparte de las dos mudanzas (una que ya ha sido y otra que será), el nacimiento de mi novela y mi incursión en el java para poder ganarme la vida… Creo que lo más significativo es lo que he aprendido de la naturaleza humana y bueno… De la gente en general.

La cuestión es que escribo esto bastante feliz, lo que dice bastante a mi favor, por mi… No sé, ¿crecimiento personal? (Incluir aquí foto de Paulo Coelho).

He aprendido que quien te coge falsa confianza y critica a otros, va a hacer lo mismo a la mínima que te despistes. No es que me haya caído del guindo ahora pero vaya, es una verdad universal que se ha materializado este año. Tal cual.

He aprendido que las personas que creía en un principio más rancias y salvajes a la hora de hablar, acaban siendo las más sinceras y auténticas. Ir de cara, independientemente de que te la partan, es algo que he admirado en personas a las que ni saludaba por cortesía.

He aprendido que la cerveza no une, pero que las horas muertas de paseos y café sí, infinitamente más. Incluso eliminaría los paseos… El café une. Las fiestas con cerveza y falsa sensación de hermandad no.

He aprendido que la ignorancia jamás (JAMÁS) me dará la felicidad. Elijo la útil indignación que el silencio cómplice.

He aprendido que si no escriben, si sólo responden, es que no les importa tanto como tú crees o quieres creer. Es como el bendito “Idem” de Ghost.

He aprendido que si quien más me quiere me dibuja sonriendo de oreja a oreja sobre flores y arcoíris es que directamente estoy haciendo las cosas bien. Muy bien.

He hecho nuevos amigos y perdido a los que creía que lo eran y ya ni añoro.

He conocido gente asombrosa e interesante en las redes, escondidas bajo sombreros fedora y sonidos de acordeón.

He añadido un año más a mi media naranja inglesa y aunque lejana, siempre presente (contrabandista de galletas y queso rico a media jornada).

He cantado Queen, bailado Loquillo y llorado con gaitas rockeras. Y siempre en la mejor de las compañías.

Hay salud. Hay alegría. Hay amor (muchísimo). Hay pelos de gata por todas partes y legañas de perra en mis cafés. No hay silencio en mi loco mundo (salvo los que lo han guardado de manera voluntaria y aunque atronador, no han sido ni mínimamente importantes a fin de cuentas).

Hay libros para leer y hay cerveza fría para brindar con lo más importante y grande de mi vida.

Así que, despido el año con ilusiones renovadas, con ganas de cambio, mucho más zen de como lo empecé (y mira que quería estar zen…), más sabia, más positiva, con más ganas de quitarme las gafas para dejar de esconderme, y tranquila conmigo misma.

FELIZ NAVIDAD a todos y a empezar el 2019 con buen pie (el que sea, que si lo iniciamos con la izquierda, tampoco pasa nada).

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