“Pues aspirando la arena de las zapatillas de mi hija, ¿y tú qué tal?”

Siempre he dicho que nací en el siglo equivocado.

Aunque estoy al tanto de las últimas tecnologías y las trato de hacer mías, sé que en el fondo lo hago para no quedarme atrás y obsoleta.

Dicen que un escritor es un escritor aunque no sea leído pero yo no estoy de acuerdo. Llevo escribiendo desde que tengo uso de razón y es ahora, ahora que mi primera novela está en manos de los profesionales de la edición, cuando me siento de verdad escritora. Y en realidad no ha cambiado mucho desde que escribía por la noche mis cortos acompañados de café, porque ahora mismo sigo sin lectores (los amigos y familiares que leen mis líneas, no cuentan, entendedme) y sé que eso podría cambiar gracias a las redes sociales.

Es por eso que vuelvo a sentir que no estoy en la época apropiada, que no me siento cómoda rodeada de gente que finge ser lo que no es, que quiere encajar y ser aceptado, que los likes y los followers son su oxígeno de cada día… Es que directamente, no puedo.

Cuando ingresas por primera vez en Instagram, no como un particular, sino como un profesional del tipo que sea, enseguida buscas seguir a gente de tu gremio. A la primera que busqué yo en Instagram fue a Rosa Montero, mi sensei, y después a Ken Follett. A poco de crear la cuenta, me seguían cuatro o cinco escritores noveles, gente que es (o se cree) poeta, y un par de perfiles de bookstagrammers (que merecerían un extenso capítulo aparte). Al principio fui feliz, me obsesioné con los que me seguían, interactué con alguno, le daba a los corazones aun no gustándome lo que leía y esas cosas que hace la gente…

Al poco tiempo me di cuenta que efectivamente los demás hacían lo mismo y le daban al like aun no habiendo leído lo que había posteado (ni visitando este blog, que tantas veces enlacé).

Y mientras mi globito de ilusión iba perdiendo gas, abría el Instagram para pasar por encima todas las entradas que repetían frases estúpidas y manidas con la luna, con el cuerpo de la persona amada, con frases repateadas que no eran ni lo más mínimamente originales.

Me vi un día preguntándome “¿Es esto?”. “¿Esto es lo que hay que hacer para hacerse publicidad?”. Yo no escribo poesía, no puedo andar repartiendo frases (relativamente) estudiadas porque, directamente, no es mi rollo. Soy novelista. Quiero ser novelista. Soy novelista…

Y entonces llega un día en que ves una story de esas (de esas que nunca veo porque no me interesa lo que dice la mitad de la gente a la que sigo) y me veo a alguien dando los buenos días desde una enorme cama blanca… Y entonces trato de entender lo que ha pasado ahí. Que a esa persona le ha sonado la alarma del teléfono y, más o menos igual de zombie que cualquier ser humano viviente y sintiente, se ha levantado, se ha lavado la cara, probablemente ha hecho pis (o igual las influencers no hacen pis, vaya usted a saber), se ha cepillado los dientes, el pelo y como mínimo (COMO MÍNIMO) se ha puesto una discreta capa de crema hidratante para después volver a la cama a dar los buenos (y absolutamente impostados) buenos días.

¿De verdad? ¿De verdad la gente cree lo que escribe, lo que hace… ¿De verdad la gente se come todo lo que fotografía, se ejercita todo lo que dice y… ¿Vive como quiere dar a entender que vive?

Yo me he levantado hoy con las legañas negras por el rimmel que ayer no me quité y he sacado a la perra sin darme cuenta de que seguía con el pantalón de pijama. Y ves lo que hacen, escriben, y el aspecto que tiene la gente en las redes y te sientes miserable con lo que eres tú, aun sabiendo que el ellos es mentira. Que igual no os pasa, pero yo, que soy como soy, que soy impresionable y asquerosamente más sensible de lo que quiero parecer, me afecta, y mucho.

Empecé a seguir a escritores porque quiero aprender, porque quiero mejorar, pero si os digo la verdad, no estoy aprendiendo un carajo. Porque lo único que veo es cómo Espido Freire (alguien que fue un icono para la Laura que empezaba) se hace sesiones de fotos en escenarios rusos para publicitar su novela sobre los Romanov, eso sí, agregando al pie de qué tienda es todo lo que lleva en ese momento… Porque Instagram parece la TeleTienda pero un poquitito más refinada.

Y tristemente caigo en que a la mayoría de la gente no le importa un carajo lo que hacen y dicen los demás. Que todos seguimos a gente de nuestra misma calaña, que luego esa gente te sigue movida por el mismo interés que el tuyo y al final acabas comprándote ese libro de esa periodista a las que todos sus compañeros de profesión la han puesto por las nubes y descubre que es una auténtica basura de texto que ha sido catapultado al estrellato por el apellido y los conocidos…

Y tú con tu humilde manuscrito en el pendrive rosa con el cascabel (para no perderlo por el bolso porque siempre lo llevas contigo… como un hijo… como una bola de presidio con su cadena sonora… como un orgullo y una vergüenza en sí mismo). Y te vas haciendo pequeñito porque no eres capaz de brillar solito.

Las redes sociales las carga el diablo… Y ya está.

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Un comentario sobre ““Pues aspirando la arena de las zapatillas de mi hija, ¿y tú qué tal?”

  1. Que bueno Laura…

    El sáb., 6 oct. 2018 12:22, La mujer Búho escribió:

    > Laura García Arroyo posted: “Siempre he dicho que nací en el siglo > equivocado. Aunque estoy al tanto de las últimas tecnologías y las trato de > hacer mías, sé que en el fondo lo hago para no quedarme atrás y obsoleta. > Dicen que un escritor es un escritor aunque no sea leído pero yo n” >

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