Alsina

Hace un par de noches soñé con la academia de música… Para los que no lo sepáis, llevo tocando el piano desde los 4 años (aunque no lo hago ya muy a menudo, las cosas como son). Nunca tuve la sensación de ser lo suficientemente buena, ni de transmitir lo que sentía mientras tocaba. Pensaba que no tenía talento en absoluto (y todavía lo pienso). Y como considero que la música es otro idioma, siento que yo hablo piano en spanglish macarrónico.

Cuando empecé a ir a Alsina, estaba aterrada. Subía las escaleras, tocaba el timbre y entonces aquella atmósfera de olor a madera, el sonido de la música que salía de las aulas medio insonorizadas… Me atrapaba.

Aún teniendo bastante buena memoria como creo tener, son relativamente pocos los recuerdos que guardo de aquellos primeros años.

Cuando evoco Alsina, lo primero que me trae a la memoria es una tarde en particular… No recuerdo la edad que tenía, pero estaba con dos compañeras de mi clase (Olalla y Krishna, una niña india que me tenía hipnotizada con su acento y su precioso tono de piel), merendando en la calle. Unos niños pasaron en patinete e insultaron a Olalla (aludiendo a su físico, claro) y nos quedamos las tres paralizadas. Y entonces entraron en liza dos chicos (que resultó que venían a la academia también), y con varios “deja a las chicas” o “no las molestes” acabó el episodio. Pero yo me quedé absorta mirando a uno de aquellos chicos. Alto, rubio, ceño fruncido… No podía saber que años más tarde, se convertiría en mi mejor amigo (y en todo mi mundo) allí.

Para fin de curso, el director de coro mezcló a los dos cursos de la coral y una tarde, hicimos un ensayo general. Yo odiaba cantar en público (muchas veces movía la boca nada más) y recuerdo estar hundida en mi silla, muerta de la vergüenza, deseando que pasara la hora rápidamente. Oí el sonido de una pandereta de cascabeles y descubrí enfrente de mí a aquel chico rubio con la pandereta en el cuello. Bromeaba con su primo (como supe después que era) sentado a su lado y lo vi decirle “Mira, un collar de perro”. Me oí soltar una carcajada por encima de los parloteos de los demás niños, y nuestras miradas se cruzaron. Se puso rojo, dejó la pandereta en el pupitre y fingió estar muy interesado en la partitura que tenía delante, enterrando la nariz en ella.

Esos son los primeros recuerdos felices que tengo de la academia de música. Y ambos recuerdos tuvieron un nombre. Mario.

Descubrí que una amiga del colegio también iba a esa academia. Merche (con la que tenía una agradable relación de cordial indiferencia mutua) me presentó a sus amigos una tarde. A Carolina, que se convertiría después en la persona más maravillosa y odiosa de mi vida, una bipolar incomprensible, hippie con dinero, sabelotodo y alocada, con la que reí y lloré a partes iguales; y a Mario, para el que necesitaría 200 entradas para hablar  completa y desordenadamente…

Aquel fue mi pequeño círculo durante los siguientes años y esperaba el viernes con tanta impaciencia…

Puede que en otra entrada cuente más cositas sobre aquella época. Pero de momento me quedo con esa agradable sensación de haber revivido en un sueño aquel principio. Cálido y dulce. Encerrados en la habitación de estudios, tratando de hacer encajar unos acordes para la clase de armonía… Yo más distraída que perdida… Y pensar que perdí todo aquello por la efervescencia adolescente…

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