Carpe Diem (2010)

La muerte lanzaba el hueso de su pulgar y volvía a atraparlo. Sentada sobre un contenedor en la esquina de la calle, balanceaba los pies, aburrida. Llevaba toda la mañana allí y nadie había saltado siquiera el semáforo. ¡Ni un descuidado ciclista! Se incorporó para ver el paso de cebra. Sí, el aceite que había derramado, seguía allí. ¿Cómo era posible que todos los humanos lo hubieran sorteado?

-¡Qué poca suerte tengo hoy! -se dijo.

Se quitó dos dedos más y empezó a hacer malabares para pasar el rato. Resopló enfurruñada añorando el siglo XVII y la brumosa Londres. ¡Qué gran plaga fue aquella! Se le acumuló el trabajo, incluso se escaqueó perdonando vidas, pero ahora… Con tanta higiene y tanto avance médico… ¡Ni peste bubónica tenía! Un motor rugió en la calle y, entusiasmada, se puso en pie de un salto.

-¡Esta vez sí! -exclamó-. ¡No lleva casco!

Hizo un par de eses pero tras un brusco movimiento, el motero siguió su marcha.

-¡Maldita sea! -gritó.

Una viejecita miró a ambos lados, extrañada. Con paso vacilante, se acercó y con expresión dubitativa, levantó la tapa del contenedor para asomarse dentro. Juraría que había oído un grito…

-¡Eh! -exclamó la Muerte dando dos taconazos sobre su improvisado tablao flamenco-. ¿Le importa?

La viejecita soltó un alarido y ranqueó hasta la acera donde subió el bordillo tropezando.

-Eso… Ahora rómpase la cadera… El día mejora por momentos -gruñó de nuevo.

En el paso de cebra que tan celosamente había estado acechando, un hombre trajeado resbaló con el aceite derramado y fue a precipitarse sobre el capó de una furgoneta. Dos jóvenes vestidos con mono azul se apearon y acercaron a socorrerlo. Rojo de ira y vergüenza, el oficinista señaló el suelo. Uno de los obreros fue hacia la parte trasera de la furgoneza, ignorando los gritos del conductor del autobús rojo que se desesperaba tras él.

-Mmm… -murmuró fastidiada-. A lo mejor presencio una pelea… O algo…

Cuando el joven del mono volvió a aparecer, llevaba algo entre las manos.

-Eso no será…

Esparció un puñado de arena sobre el charco de aceite y dándole un par de palmaditas en la espalda al accidentado, él y su compañero saltaron dentro del vehículo y el tráfico se normalizó.

-¡No! -gritó golpeándose la frente.

El cráneo se escurrió hacia la capucha y recolocándoselo, advirtió que junto a la viejecita asustadiza, se habían reunido más personas. El contenedor de la esquina ya no era un lugar tranquilo. Saltó al suelo y arrastrando los pies, se alejó de allí.

-Esto no es vida… murmuró deprimida.

Cada vez se le hacía más difícil salir de casa para ir a trabajar. Ya ni cogía la pesada guadaña… Esquivó a la gente con la que se cruzaba.

-Así no se hacen las cosas… O se hacen bien o no se hacen.

Ignoró al niño que, golpeando una bolsita de plástico, rompió a llorar viendo a su nuevo pececito naranja “nadar” panza arriba.

-Los peces siempre tan sensibles… Ni siquiera lo he tocado -rezongó malhumorada.

Estaba deprimida. Necesitaba irse al parque y relajarse. Saltó el seto y se dejó caer en el césped. Sí, de verdad tenía un mal día. Ni siquiera le divirtió ver la hierba verde tornarse marrón y desintegrarse bajo su peso. Se sentó y apoyó los codos en las rodillas, encajándose los dedos con lo que había estado haciendo malabares.

-A lo mejor podría ir a echar un vistazo al asilo este que está junto a la panadería de los hojaldres de manzana tan ricos…

Pero desechó la idea al instante.

-¡Bah! Eso tampoco es divertido… Hay muchos que confunden por el aspecto y luego me tiro días e incluso semanas hasta que pasa algo emocionante… ¡Puf! Tampoco me apetece. Que luego los demás viejos se ponen a hablar mal de una y no tengo yo el ánimo…

Barajó también la idea de darse una vuelta por el zoo, pero ensañarse con algún bicho no-humano tampoco era agradable. Nunca le había gustado oír llorar a algún colegial.

-De alguna manera me tendré que ganar la vida, digo yo…

Entonces empezó a darle vueltas. ¿Y si buscaba otro trabajo? Algún trabajo en el que no tuviera que estar en contacto directo con nadie.

-Hum… Podría trabajar desde casa. Podría vender collares de cuentas de colores. Siempre fui hábil con las manos. Y quizá podría compaginarlo con algún empleo a media jornada… Quizá telefonista. No tengo mala voz tampoco. Un poco fría…

Y con su permanente sonrisa blanca miró alrededor. Ya era media tarde y el parque bullía de vida. Parejas de la mano haciéndose arrumacos, madres corriendo tras sus hijos traviesos, ancianos jugando a la petanca y deportistas sudando al sol.

-Ay amigos… -murmuró meneando la cabeza-. De la que os habéis librado…

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