Story Cubes 1

 

Story1

El piloto le hizo una seña. La luz roja no se había encendido, ni lo haría en aquel vuelo secreto.

Levantó un pulgar y se lanzó al vacío. El ave de acero desapareció entre las nubes. El viento le azotaba la cara mientras caía.

El paracaídas blanco se abrió, y el coronel germano aterrizó en la copa de un árbol justo cuando sonaba la alarma de su reloj.

Se apresuró a callarla. Tironeó del arnés y consiguió soltarse. Fue a parar dolorosamente al suelo.

Esperando ver el resplandor en la ventana, se sorprendió al no encontrarlo. No era posible que Alizée lo hubiera olvidado.

Inquieto y nervioso, siguió agazapado junto aquel tronco, soplándose las manos y mirando el cielo. Cuando creyó ver cruzar una veloz estrella fugaz, se dijo que no podía esperar más.

El silencio era total. A cada paso que daba, un mal presentimiento empezó a tantear la aldaba de su alma.

-Alizée, Alizée…

Rodeó la casa, sin separarse del vallado, al abrigo de los árboles que crecían en el jardín vecino. Llegó hasta la puerta trasera.

Un golpe. Silencio. Un golpe. Silencio. Dos golpes.

Aquella era la señal. Agudizó el oído y casi pudo oír el roce de los pies descalzos que se acercaban.

Y la puerta se abrió despacio.

-¡Stein! -exclamó-. ¿Qué haces aquí?

El alemán se lanzó a sus brazos y cerró la puerta con el tacón de la bota.

-No he encendido la vela -acertó a decir ahogada en su pecho.

-Tenía que verte, mi amor.

Alizée se arrebujó en el grueso mantón que la cubría.

-No debiste venir.

El coronel alcanzó una lámpara y dio luz a la habitación.

-Aquí estás -susurró volviéndose-. ¿Estás enferma?

El bonito cabello castaño de su amada francesa, que siempre lo lucía en un pulcro recogido en la nuca, se derramaba desordenado sobre sus hombros.

-Estás… Más delgada, más pálida…

-Han pasado algunas cosas estos días…

– ¿Qué ha pasado?

Por un momento, el duro acento del coronel Bingham no le resultó agradable. Pero Stein la miraba sinceramente preocupado. Su cortísimo pelo rubio… Sus ojos azules… Su uniforme… Aquella esvástica que brillaba cruel pendida de su cuello…

La joven le mostró una mano. O la ausencia de ella.

Buscó un sitio donde sentarse pero no lo encontró. Se golpeó con una destartalada estantería con burdas figuritas de arcilla roja. “Los sitios que quiero ver”, decía ella. Una pirámide que representaba un imposible viaje a Egipto, se estrelló contra el suelo.

– ¿¿Qué te han hecho??

-Cortarme la mano…

– ¿¿Quién??

-Los tuyos, Stein… Porque no estiré correctamente el brazo, según ellos… Porque no saludé a vuestro apestoso Führer… ¡Porque me aparté una abeja que zumbaba junto a mi oreja!

Se cubrió la cara, desconsolada.

El coronel, que luchaba entre su amor con aquel acento y el uniforme que lo ataba a su país, se acercó por fin y la abrazó. En la mejilla todavía podía verse el picotazo de aquella abeja que también habría muerto en el ataque.

-Mi ángel -le susurró.

Apartó su cuerpo y trató de sonreír entre las lágrimas.

-Estás viva, y doy gracias al cielo por ello. Es lo único que me importa. Alizée. Mi Alizée. Voy a sacarte de aquí.

 

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